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lunes, 28 de abril de 2014

Me gustan las cosas puras, lo más próximas posible a su esencia, o a su transformada esencia, pero manteniendo siempre ese punto de pureza distintivo. Odio el café con leche, el azúcar en el té, quemarte a medias, salvarte a medias. Creo que algunas transformaciones están hechas para condenarse de forma mediocre, lo que para ellos es salvarse. Puestos a desperdiciar el día lo duermo entero, y si voy a aprovecharlo no duermo, la madrugada me llama con imperiosa furia, como con urgencia de mí y yo sólo puedo hacerle caso. La mañana siguiente es tentadora y raya el borde de lo ordinario, tan loco que es casi mediocre. ¿Me rapo el pelo o lo dejo crecer? Preguntas irrelevantes ahora. El caso es que hace tiempo decidí mantenerme firme, “sabes lo que vales… ¿qué coño haces?” y eso hago, mantenerme firme, no como imposición moral de mi yo supremo, sino como obediencia a un sentimiento de mi yo real, de ese que escucha lo que pienso, porque creo que todos tenemos ese “yo real” ese “yo puro” pero lo tapan desde niño porque es demasiado sabio, tiene todas las respuestas a todas las preguntas y por eso lo corrompen, le ponen telas y telas con diferentes nombres, prejuicios, miedos, inseguridades, convenciones… etc y luego estás tú escuchando un eco difuso de fondo que aún te confunde más. Lo que deberíamos hacer es romper todas esas telas impuestas que secuestran la esencia del hombre, teoría fácil.
 Amo la pureza y la decadencia, extremos que se rozan constantemente, qué voy a hacerle... 

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