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lunes, 10 de noviembre de 2014

Quieren humo

Salta dentro de la caja
y huele a plata
debajo de la mesa.

Las suelas de los zapatos rasas
y tablas colocadas encima
de macetas.

Llora corriéndose
a punto de olvidarse.

Le asusta la enemistad del mundo
que contempla entre las manos.

Enfrente, dos perros se saludan
mordiéndose la cola,
en el centro de la plaza
dioses juegan a crear
revelaciones.

No hay libertad en el vaso
para el que corre las cortinas.

Tú, tú y tú

Él no aprecia que tras la sombra
del árbol
está el árbol.

Bebe ron olvidado,
roba pan e incienso,
es sofisticado en vicios.

Quizá no se esconda
porque él es ciego.

Quizá se esconda
porque él es ciego.

Ningún santo salta
a la comba
en palacios ajenos.

Es decir, nos divertimos
observando
lo que odiaríamos hacer
en carne ajena.

Ella no llama a las tres
de la mañana a casa
ni suplica astucia
para conseguir excusas.

Nos sentamos aburridos
de nuestro propio absurdo
y eso que aún no hemos comprendido
la esencia del templo.

Odisea posthibernatoria.

Es sangre mojada
la que cala el techo
de las casas deshabitadas
donde ya no te busco.

La noche ha dejado de ser
siniestra
pero jamás dejará de ser
maldita.

La solución es abrazar
dogmas de coña
e incrustarlos
en los puños para cuando
los lances
y esta es la panacea del necio,
el saber que sabe
por ignorar lo que acepta.

Seguiremos en bares
y en mausoleos
ensalzando vacuos cetros
de sangre contaminada.

El gas que huye de los mecheros

Riman los versos que deshago
en vano,
en mi mente el veneno
es prosa para el mendigo.

Esto se aleja de lo lineal explicativo
pero rasca nucas ajenas
con fuerza e ímpetu.

Noches como rodajas
del espacio-tiempo
no planificado.

Restos de las catástrofes
expuestas en museos cotidianos.

Lo trágico no es abrazar
el ábaco,
es calcular minuciosamente
las plumas que pierdes
hasta la tumba.

Desidia subterránea

Y fuego
y agua estancada
y charcos
de barro y semen
y un mundo que voltea
lo redondo de su propio centro,
es la lava que sube arriba
e incendia edificios,
son las penas que irradian
las ganas de verte
cuando no encuentro espejos.

Fumas opio
en alguna nube
pero llueven deseos
no manifestados.

Se frustra el santo
lejos del templo
que lo repudia,
se frustra el sabio
lejos de la orilla
que lo proclama.

Abajo no hay luz ni moscas
ni días como navajas.

Arriba hay copias
similares a las copias
de lo abstracto que no nombran.
Poner demasiado empeño en el odio es en realidad camuflar un amor imposible. Yo decía, odio la paz y el calor, pero ardía de frío. He pasado meses zambulléndome en un mar que rechazaba la calma pero que necesitaba ser acariciado. He perseguido bombas atómicas para volar los refugios que en realidad ansiaba. Me anticipaba siempre al desastre. Los dramas cotidianos son ignorados por los que son incapaces de enfrentarse a ellos, pero se hacen los profundos rodeándose de banales gritos vacíos. Sabes que hay belleza en todas partes, lo que te convierte en alguien profundamente bella, somos lo que no sabemos, somos cuando no nos miran. De reojo todas las noches brillan de distinta forma y es que enfrentar la inmensidad lo cubre todo de negro. Otro invierno, el mismo vaho, los mismos caminos. Llegó la paz, llegó el templo. La antítesis es la antesala al encuentro, yo te buscaba sin saber que existías tras el humo, tras los líquidos rasos, tras las sombras que proyectaba mi figura extasiada. Es posible que en soledad los ecos suenen más fuertes, son sabias señales directas a las sienes de quienes los proclaman. Necesitamos un choque que pare el ruido, que trasforme los muros en losas, que las haga volátiles. Yo no acostumbro a escribir para relatar, de forma lenta ni pausada, yo me rajaba en líneas y no sangraba por los ojos. Hoy el tiempo parece detenerse de una forma nada apática, todos los vacíos encajan. Quiero decirte que las mayores declaraciones de amor no se hacen, que esto sería el equivalente a una chimenea encendida, salvavidas en el Ártico.