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viernes, 27 de junio de 2014

Ni siquiera puedo escribir, estoy anulada, petrificada en el desastre, en un temblor constante que me lanza lejos pero me impide la huida, recluyéndome entre muros sobrecargados observo expectante todos mis deseos en el aire, la ilusión se desvanece como el vaho al abrir la puerta. La corriente de aire me arrastra y me hace desaparecer. Tengo esperanzas estúpidas y cuanto más las reafirmo más me anclo a la nada, me torturo con la expectación de un niño que no sabe que la función se ha cancelado y que de mayor tendrá que trabajar barriendo los desechos que dejan los otros niños al salir del circo. Nadie come cacahuetes, como tantas otras representaciones físicas de la tradición inexistente. Han desaparecido los elefantes, los ratones no comen queso y las noches no son para dormir. Necesito alejarme de aquí, pero sólo la idea de desplazarme me crea ansiedad, así que me siento y me recreo en mis palpitantes impulsos por coger una mochila y amurallarme. Me siento en mitad de un iceberg que se desprende poco a poco y se separa de la masa de hielo, me alejo del frío glacial y aún me congelo más, deshaciéndome en el desastre. Soy la soledad del territorio deshabitado, los ecos me devuelven las mismas súplicas a modo de burla mientras yo me mantengo alargándome, estiro mis extremos hasta que se tocan y como una goma golpean las manos de quien los sujeta.

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