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miércoles, 21 de mayo de 2014

Esnifar con rabia todo lo que entre, siempre, intentando evitar el encuentro último, porque de tanto buscarlo me parece ya algo rutinario y vacío, aunque no lo es, porque no lo tuve. He creado mil teorías, tantas, que ni siquiera las retengo todas en mi memoria, pero a veces me asaltan, en el momento justo, cuando veo a alguien reír exageradamente y un letrero en luces de neón me anuncia “es una persona demasiado triste”, o cuando se cruza en mi vida alguien desencantado, con ojeras marcadas y negras, apatía para desayunar y paso lento, escucho “puede amar infinitamente más que el resto”. Y así pasa con todo, otras mil teorías por acabar y litros de café en vena para contrarrestar la monotonía diurna. Sólo a veces. Otras, por el contrario se apodera de mí la otra parte de mi dualidad perfecta y veo arte en cualquier situación cotidiana, mirar al suelo es arte, hormigas en el asfalto es arte, sonrisa, por supuesto, es arte. Me desquicio demasiado a menudo porque mi mente dual no acierta a encontrar un punto de encuentro y lo único que fluye siempre en la misma dirección es la sensación de estar harta, cansada, fiel portadora de armas reglamentarias contra la resignación, qué irónico. Camino expectante, paso automático, y todas esas incoherencias que rigen mi vida me hacen seguir caminando porque en el fondo sé que en otra vida fui un pato, de esos que meten la cabeza y enseñan su culo a todo el mundo, burlándose de la puta humanidad, esos que luego nadan con elegancia. A veces siento que dentro de mí habitan todas las esencias existentes, y que todas ellas me arrastran hacia un lugar, la tierra me llama y yo me dejo a su merced, y aunque debería ser sencillo, es un trabajo demasiado costoso, porque el mundo tira de un lado y yo intento fluir en el río incesante de la verdad, rogando que no arranquen una parte de mi cuerpo. Así que así me encuentro, volviendo a la tierra de dónde salí y limpiando con sangre los cristales tintados de mi espacio, no podrán impedir que vea el camino. Silencio, me llaman los patos.

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