Cuando pueden señalizar tu existencia con sólo sacudir
un dedo, no es por su fuerza, es la amnistía que tú aplicas sobre ellos para
liberarlos del miedo a ser un mortal más, un mortal que no reconoce su poder en
la carne y el espíritu propio. Eres benevolente y mueres por ellos. Ellos se
elevan hasta un lugar que no les corresponde, ni siquiera existe, y se hablan
por colores y agudos sonidos hasta descorazonarse, hasta impulsarse tan fuerte
como ellos pueden y no salir del cuadro, hasta que se atrapan en sus propios
sonidos, en esos telegramas enviados desde la habitación de auxilio, donde antes
montaban fiestas.
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