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lunes, 10 de noviembre de 2014

Poner demasiado empeño en el odio es en realidad camuflar un amor imposible. Yo decía, odio la paz y el calor, pero ardía de frío. He pasado meses zambulléndome en un mar que rechazaba la calma pero que necesitaba ser acariciado. He perseguido bombas atómicas para volar los refugios que en realidad ansiaba. Me anticipaba siempre al desastre. Los dramas cotidianos son ignorados por los que son incapaces de enfrentarse a ellos, pero se hacen los profundos rodeándose de banales gritos vacíos. Sabes que hay belleza en todas partes, lo que te convierte en alguien profundamente bella, somos lo que no sabemos, somos cuando no nos miran. De reojo todas las noches brillan de distinta forma y es que enfrentar la inmensidad lo cubre todo de negro. Otro invierno, el mismo vaho, los mismos caminos. Llegó la paz, llegó el templo. La antítesis es la antesala al encuentro, yo te buscaba sin saber que existías tras el humo, tras los líquidos rasos, tras las sombras que proyectaba mi figura extasiada. Es posible que en soledad los ecos suenen más fuertes, son sabias señales directas a las sienes de quienes los proclaman. Necesitamos un choque que pare el ruido, que trasforme los muros en losas, que las haga volátiles. Yo no acostumbro a escribir para relatar, de forma lenta ni pausada, yo me rajaba en líneas y no sangraba por los ojos. Hoy el tiempo parece detenerse de una forma nada apática, todos los vacíos encajan. Quiero decirte que las mayores declaraciones de amor no se hacen, que esto sería el equivalente a una chimenea encendida, salvavidas en el Ártico.  

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