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lunes, 12 de octubre de 2015

No hay nada más autobiográfico que las secreciones y las extrapolaciones. Risas sin dueño nublan la calle donde un laberinto parece un puzzle adecuado para niños de 0 a 3 años.

 En la época en la que sólo necesitábamos excitación y un precipicio, una boca para recordarnos que no podíamos ir más allá y esa “r” del recuerdo de podríamos es una advertencia y una puerta abierta, que “podríamos” haber ido más allá y lo hicimos, a veces. Ellas amaban mi capacidad para ser paciente en todos los sentidos, me destrozaban las manos y las orejas a base de curar y disculpar, de ser médico y curandero, pasé de querer robar la tristeza a ser el paciente de un doctor siempre ausente, de las pocas ganas que tuvieron para curarme cuando tan sólo un beso en la frente hubiera bastado y vaselina para untar todas las veces que entraron y salieron sin mí de mí y de ellas, mutuamente. Hablando del tiempo, hablando del tiempo me miro y veo a una mujer lloviendo que se aleja cada vez más de mí y a la vez me resulta tan conocida cuando la tengo cerca, y hablando de mujeres, hablando de mujeres te veo a ti alejándote de mí y cada vez veo más a la niña que se va de la mujer del espejo, que huye hacia mi garganta y llora toda la noche preguntándose por qué la mujer no quiere dormir en su vientre o meterla a ella dentro,  una práctica básica de retroalimentación.


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